Estados, competitividad electoral y contención del COVID-19

En una reflexión reciente en el Financial Times, a propósito del COVID-19, Amartya Sen contrastaba las trayectorias del Reino Unido y la India durante la Segunda Guerra Mundial y explicaba las diferencias a partir de sus regímenes políticos: “la política importa aquí, incluyendo la relación entre gobernantes y gobernados. En los años de la guerra, en contraste con la manera en que el público británico estaba dispuesto a compartir los alimentos y el sistema de salud, en la India británica ocurrió la terrible hambruna de Bengala, que acabó con la vida de alrededor de tres millones de personas, y que el régimen colonial hizo poco por evitar”.

Sen hacía eco de sus trabajos clásicos sobre hambruna, que según afirma no se explican por la escasez de alimentos —contrario a lo que pudiera pensarse—, sino más bien por factores jurídicos, económicos y políticos que, aun cuando pueda haber disponibilidad de alimentos, evitan que estos lleguen y sean consumidos por quienes los necesitan (Drèze & Sen, 1990; Sen, 1982). Entre los factores políticos que evitan las hambrunas está la democracia, que incluye mecanismos para incentivar a los gobiernos a responder a sus ciudadanos incluso en circunstancias límite. Como el propio Sen lo hace en el artículo citado, este razonamiento sirve para explicar otras situaciones catastróficas (desastres naturales, guerras, epidemias, etc.).

Ilustración: Jonathan Rosas

En efecto, en democracia los líderes políticos deben rendir cuentas a los ciudadanos cuando menos el día de las elecciones. Esta sola particularidad crea incentivos para que los gobernantes tiendan a alinear sus decisiones con las preferencias de la mayoría, pues de no hacerlo podrían enfrentarse a que su partido sea derrotado en las urnas —o ellos mismos cuando pueden buscar la reelección.

Frente al COVID-19, cabría esperar entonces que los regímenes más democráticos, y particularmente aquellos con mayor democracia electoral, adopten medidas más efectivas que los regímenes menos democráticos. En el marco de la epidemia actual es posible poner a prueba esta hipótesis en las entidades federativas mexicanas, identificando si aquellas con mayor competitividad electoral han sido más efectivas para contener la expansión del coronavirus. La expectativa es que a mayor competitividad electoral habrá partidos de oposición más fuertes, congresos que serán auténticamente contrapesos, más municipios gobernados por adversarios, mayor riesgo de perder el poder en la elección venidera y una mayor contención de la epidemia.

La expansión del virus, desde luego, tiene diversas explicaciones y acaso las principales no sean políticas. Sin embargo, el propósito de este trabajo es analizar el efecto de la competitividad electoral, un factor político que hasta el momento ha sido más bien dejado de lado. Vale la pena aclarar que el presente análisis, de entrada, por la endogeneidad de la competitividad electoral, no está en posibilidades de establecer causalidad, sino sólo correlación. Dicho esto, los resultados sugieren que, en efecto, aquellos estados con mayor competitividad electoral han sido más eficaces en la contención del COVID-19.

La contención de la epidemia como variable dependiente se mide como la tasa de incidencia de COVID-19 por 100 000 habitantes (carga acumulada de enfermedad), de acuerdo con las cifras oficiales presentadas por la Secretaría de Salud (que, sin desconocer sus problemas, son las únicas disponibles). Los datos que se utilizan son los correspondientes al domingo 10 de mayo. La competitividad electoral como variable independiente de interés se mide de dos maneras: a) porcentaje obtenido por el gobernador en la elección de la que resultó electo —a mayor porcentaje, menor competitividad electoral—, y b) puntos de ventaja del gobernador sobre su más cercano competidor en esta elección —a mayor ventaja, menor competitividad electoral.1

Porcentaje obtenido por el gobernador y contención del COVID-19

La Figura 1 muestra la relación entre el porcentaje obtenido por el gobernador y la tasa de incidencia de COVID-19 por 100 000 habitantes. Como se observa, la asociación es bastante estrecha (coeficiente de Pearson = 0.41). Entre las entidades típicas —es decir, aquellas que están más cerca de la línea de regresión—, las de mayor incidencia son Tabasco, Morelos y Aguascalientes, mientras que las de menor son Oaxaca, San Luis Potosí y Michoacán.

La Ciudad de México es una anomalía en este sentido, pues mientras Claudia Sheinbaum obtuvo un porcentaje de 47.05 % —que es alto pero no demasiado alto— se trata, por mucho, de la entidad con mayor tasa de incidencia (108), lo cual desde luego responde a múltiples factores no asociados con competitividad electoral y que por ende exceden los límites de este trabajo.

Figura 1

Tasa incidencia COVID-19 (100 000 habitantes)

Una manera alternativa de mostrar la misma información es mediante la tasa promedio de incidencia en estados cuyo gobernador obtuvo un porcentaje de votos similar. Utilizar tasas promedio también disminuye el peso relativo de las observaciones extremas (outliers). Como se observa en la Figura 2, en la medida en que incrementa el porcentaje obtenido por el gobernador, incrementa también, casi sistemáticamente, la tasa de COVID. La única excepción es la categoría 35-39.9 %, donde hay estados cuyas elecciones de gobernador fueron reñidas —si bien no en extremo— y que han mostrado tasas de incidencia sobresalientemente bajas —sobre todo Chiapas (6.9) y Jalisco (7.1).

Figura 2

Promedia tasa incidencia COVID-19 (100 000 habitantes)

Una vez establecido que el porcentaje con el cual un gobernador ganó la elección está estadísticamente asociado con la efectividad en la contención de la epidemia, conviene intentar algo semejante, pero midiendo competitividad no como porcentaje del voto obtenido, sino como puntos de ventaja sobre el más cercano contendiente.

Puntos de ventaja del gobernador y contención del COVID-19

La Figura 3 es semejante a la Figura 1, pero mide competitividad electoral como puntos de ventaja sobre el segundo lugar. Es decir, los estados se mantienen en la misma posición en el eje vertical (tasa de incidencia) pero cambian en el horizontal (puntos de ventaja). La asociación entre competitividad y COVID-19 sigue siendo fuerte, pero ligeramente menor a la sección anterior (coeficiente de Pearson = 0.38). Como estados típicos y con alta incidencia destacan Tabasco y Morelos y con baja incidencia, Coahuila y Aguascalientes. Dado que lógicamente los márgenes de triunfo son más reducidos que los porcentajes de voto, en este caso los estados se concentran en la región inferior izquierda de la gráfica.

Entre los estados que se comportan “peor” en la contención del coronavirus respecto de su margen de victoria —es decir, que la ventaja no fue tan estrecha y la incidencia de COVID es especialmente alta— están la Ciudad de México y Quintana Roo. Entre los que se comportan “mejor” destacan Guanajuato y Nuevo León.

Figura 3

Tasa incidencia COVID-19 (100 000 habitantes)

La Figura 4 muestra las tasas promedio de incidencia por categorías de margen de triunfo. En contraste con la Figura 2, donde la asociación era bastante clara, aquí no lo es tanto: la tasa promedio no crece sistemáticamente y ni siquiera casi sistemáticamente conforme aumentan los valores contenidos en los rangos del eje horizontal.

Figura 4

Promedia tasa incidencia COVID-19 (100 000 habitantes)

En suma, y sin menoscabo de otros factores que pudieran también afectar la expansión del COVID-19 en las entidades federativas, este análisis sugiere que la competencia electoral es uno de ellos —sobre todo entendida como gobernadores electos con un porcentaje relativamente bajo de votos. Aquellas entidades cuyos gobiernos llegaron al poder tras enfrentar en las elecciones oposiciones fuertes —que probablemente siguen siendo fuertes— y que por ende tienen, en principio, menos asegurado el triunfo en las siguientes elecciones, tienden a mostrar mejor desempeño en la contención de la pandemia.

Conclusión

La relación entre competitividad electoral y eficacia en la contención de la epidemia da pie a dos reflexiones. Primero, la democracia electoral, con frecuencia vilipendiada en últimas fechas en favor de concepciones más de corte mayoritario y participativo de la democracia, por el solo hecho de obligar a los partidos a volver a comparecer frente a los ciudadanos —y en los casos de reelección también a los líderes políticos—, crea incentivos para dar respuestas a las demandas de estos últimos. En este sentido, vale la pena no olvidar que en México hay todavía enclaves autoritarios antiguos, donde la democracia electoral ni siquiera ha dado paso a la primera alternancia, y que también hay nuevos enclaves en gestación.

Segundo, frente a quienes han sugerido el debilitamiento de los mecanismos democráticos como medio para hacer frente a la pandemia, los hallazgos aquí presentados sugieren que cuando menos el componente electoral de la democracia es efectivo para inducir a los gobiernos a dar resultados. Mientras la efectividad de China y Singapur para contener el COVID-19 ha sido utilizada como argumento en favor de los autoritarismos como el mejor régimen para enfrentar la pandemia global, acaso se han tendido a pasar por alto los ejemplos democráticos exitosos, como Nueva Zelanda, Alemania, Corea del Sur y donde también podrían incluirse lo que hasta el momento ha sucedido en algunas entidades mexicanas.

 

German Petersen Cortés
Profesor-investigador del ITESO.

Referencias

Drèze, J., & Sen, A. (1990). Hunger and Public Action. New York: Oxford University Press.

Sen, A. (1982). Poverty And Famines: An Essay On Entitlement And Deprivation. New York: Oxford University Press.

Agradezco la asistencia en investigación de Alejandro Strozzi Espinoza.


1 En el caso de Campeche, donde el gobernador actual Carlos Miguel Aysa González es suplente del gobernador constitucional con licencia Alejandro Moreno Cárdenas, se toman el porcentaje y los puntos de ventaja correspondientes a este último.