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Más allá de los arreglos inmediatos

La historia del mercado de deuda subnacional en México muestra que la regulación financiera no es algo que un gobierno pueda declarar por decreto. No es una política que puede anunciarse un lunes, implementarse un martes y producir estabilidad para el viernes. La regulación surge con el tiempo: se moldea a partir de crisis, conflictos políticos, ensayos institucionales y la lenta acumulación de capacidades administrativas. Aunque los responsables públicos suelen actuar bajo presiones de corto plazo, una verdadera reforma regulatoria debe enfrentar consecuencias de largo plazo que van mucho más allá del ciclo político inmediato. 

La experiencia mexicana es una ilustración clara de lo que ocurre cuando las reformas se confunden con políticas públicas: se crean leyes para resolver problemas urgentes, pero sin las bases institucionales necesarias para sostener esas soluciones en el tiempo, y por ello fracasan. Durante cuatro décadas, México ha aprendido repetidamente que la estabilidad fiscal duradera no depende sólo de reglas, sino de las instituciones, los incentivos y los mecanismos de supervisión que les dan credibilidad.

En los años ochenta, México enfrentó una crisis de deuda nacional que lo obligó a replantear el papel del gobierno federal en la gestión económica. En ese momento, las finanzas públicas estaban fuertemente centralizadas, pero el sistema carecía de lineamientos claros sobre cómo debían endeudarse los estados y municipios. El gobierno federal se concentró en la estabilización macroeconómica —controlar la inflación, reestructurar la deuda externa e imponer austeridad—, pero los gobiernos locales seguían siendo débiles, dependientes de transferencias federales y mayormente sin regulación. Esas primeras reformas fueron ejemplos clásicos de políticas públicas de corto plazo: necesarias para contener una crisis nacional, pero insuficientes para construir un marco duradero de responsabilidad fiscal subnacional. La deuda local no estaba en el centro del debate nacional, y los incentivos políticos que favorecían el sobreendeudamiento estatal y municipal permanecían intactos.

Víctor Solís

La crisis bancaria de 1994 reveló vulnerabilidades aún más profundas. La supervisión deficiente de los bancos, el favoritismo político en la asignación de créditos y prácticas opacas mostraron un entorno regulatorio que se había liberalizado más rápido de lo que se había fortalecido. México había abierto sus mercados financieros al capital global, pero aún no había desarrollado la capacidad de supervisión necesaria para gestionar los riesgos asociados. De nuevo, las reformas respondieron a preocupaciones inmediatas —restaurar la confianza, estabilizar los bancos, gestionar los flujos de capital—. Pero cuando el gobierno federal reorganizó y fortaleció sus agencias regulatorias, sentó sin querer las bases de un sistema más maduro de finanzas subnacionales. La creación de organismos como la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y el regulador de pensiones Consar marcó el inicio de un cambio: del predominio político hacia la supervisión técnica, aunque esta transición tardaría años en consolidarse.

A finales de los años 90 y principios de los 2000, el gobierno federal comenzó a introducir instrumentos financieros estructurados, a impulsar el uso de calificaciones crediticias para estados y municipios, y a permitir que los gobiernos subnacionales accedieran a los mercados de capital mediante la emisión de bonos. México entraba en una nueva etapa: había avanzado políticamente hacia la democracia, económicamente hacia la liberalización y fiscalmente hacia la descentralización. Sin embargo, no había internalizado la lección de que descentralizar sin una regulación sólida puede generar más problemas de los que resuelve. A medida que estados y municipios accedieron con mayor facilidad al crédito, también enfrentaron nuevas tentaciones. 

Endeudarse se volvió más simple, y los incentivos políticos hicieron que acumular deuda en el corto plazo fuera más atractivo que planear inversiones responsables a futuro. Las legislaturas locales, muchas veces dominadas por el partido del gobernador, aprobaban créditos con mínima supervisión. Las evaluaciones técnicas eran sustituidas por cálculos políticos. Las reformas legales que permitieron el endeudamiento subnacional no fueron acompañadas por una inversión equivalente en transparencia, rendición de cuentas o cumplimiento. Una vez más, las reformas se implementaron como respuestas de política para resolver problemas inmediatos —ampliar el acceso al crédito para infraestructura local— sin considerar las consecuencias institucionales de largo plazo.

Estas debilidades se hicieron evidentes durante la crisis financiera global de 2008 y los años que le siguieron. Ante la caída de ingresos y el aumento de demandas sociales, muchos estados y municipios incrementaron drásticamente su endeudamiento, utilizando a menudo transferencias federales futuras como garantía. La deuda creció rápidamente, pero debido a que los requisitos de reporte eran débiles y los mecanismos de cumplimiento prácticamente inexistentes, el gobierno federal tuvo dificultades para rastrear el nivel real de sobreendeudamiento. 

Algunos de los casos más notorios —como el escándalo de Coahuila, donde se contrataron créditos fraudulentos sin aprobación legislativa— revelaron la magnitud del colapso institucional. Lo más dañino de la crisis no fue sólo el monto de la deuda, sino la opacidad que la rodeaba. Sin registros transparentes, auditorías independientes o sanciones significativas, las reglas fiscales resultaron inútiles frente al oportunismo político. La crisis demostró que las reglas, por sí solas, no son políticas públicas. Son aspiraciones que requieren instituciones capaces de hacerlas realidad.

La respuesta del gobierno federal, cristalizada en la Ley de Disciplina Financiera de 2015–2016, fue el intento más ambicioso hasta entonces por construir un marco regulatorio coherente. Pero también fue un reconocimiento de que las reformas previas habían fracasado porque se trataron como arreglos aislados, no como parte de una arquitectura institucional más amplia. La nueva ley introdujo un sistema nacional de alertas sobre deuda subnacional, procesos estandarizados de contratación, un registro público obligatorio de obligaciones y supervisión federal de ciertas decisiones de financiamiento. 

También incorporó a las agencias calificadoras privadas en la supervisión pública, creando un modelo híbrido en el que mercados y gobierno colaboran para disciplinar a los deudores. La secuencia de estas reformas importó enormemente. México comprendió que la descentralización requiere una base estable: supervisión federal fuerte, estándares de reporte claros y mecanismos de cumplimiento creíbles deben preceder a la autonomía local, no seguirla. Sin este orden, la descentralización es una exposición a riesgos, a manipulación política y a mala gestión fiscal.

Incluso con una regulación más robusta, la sostenibilidad fiscal a largo plazo exige más que soluciones técnicas. Requiere transparencia para que ciudadanos, inversionistas y funcionarios conozcan cómo se usan los recursos públicos y qué compromisos existen. Requiere cumplimiento para que las violaciones tengan consecuencias y las reglas tengan significado. Requiere incentivos que premien la responsabilidad, no el endeudamiento excesivo. Y requiere participación democrática que asegure que las decisiones de endeudamiento respondan a las necesidades y prioridades de las comunidades. La supervisión federal puede evitar errores catastróficos, pero sólo el involucramiento local puede garantizar que los recursos públicos se utilicen para el desarrollo de largo plazo y no para ventajas políticas pasajeras.

La experiencia mexicana demuestra que las instituciones deben adaptarse a condiciones económicas y políticas cambiantes. Los retos de las finanzas subnacionales en los años ochenta no son los mismos que en los noventa o en los 2010, y no serán los mismos en el futuro. Los mercados evolucionan, los incentivos políticos cambian, surgen choques económicos y las expectativas ciudadanas se vuelven más complejas. Una regulación incapaz de ajustarse se vuelve irrelevante, mientras que las instituciones que aprenden y se adaptan se fortalecen con el tiempo. Por ello, los sistemas regulatorios más exitosos no son los más rígidos, sino los más resilientes.

Lo que México nos enseña, ante todo, es que la regulación es un proceso evolutivo. Responde a los fracasos de décadas anteriores, absorbe las lecciones de crisis pasadas y va construyendo la capacidad necesaria para evitar las próximas. Los países que tratan las reformas como soluciones rápidas, o que ven la regulación como un conjunto de reglas a anunciar en lugar de un entramado institucional a construir, terminan enfrentando los mismos problemas una y otra vez. Quienes reconocen que la regulación es un proyecto de largo plazo —uno que requiere compromiso político sostenido, inversión administrativa y adaptación constante— tienen muchas más probabilidades de alcanzar estabilidad fiscal.

En este sentido, el camino de México no es único, pero sí es instructivo. Las federaciones de todo el mundo enfrentan la tensión entre supervisión nacional y autonomía local, entre incentivos políticos de corto plazo y responsabilidad fiscal de largo plazo, entre la promesa de la descentralización y los riesgos que implica. La experiencia mexicana ofrece una lección clara: las reformas no son políticas públicas. La verdadera política pública debe considerar no sólo el impacto inmediato de una decisión, sino los senderos institucionales que crea. Debe construir sistemas, no consignas; capacidades, no soluciones temporales. Y debe reconocer que la gobernanza fiscal es un trabajo permanente. La regulación es una negociación continua entre la estabilidad y la flexibilidad, entre las exigencias del presente y las responsabilidades hacia el futuro.

Heidi Jane M. Smith

Profesora de Economía en la Universidad Iberoamericana

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Publicado en: Índice de Progreso Social

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