Al día de hoy, Morena gobierna el 65 % de las entidades federativas del país, cifra que ningún partido había acumulado en las últimas dos décadas. La expansión de conquistas electorales de este partido incluyó la primera alternancia en el gobierno para cuatro estados entre el 2021 y el 2023: Campeche, Colima, el Estado de México e Hidalgo. En estos territorios, la población vio salir al PRI del Poder Ejecutivo dos décadas después del promedio del resto de la República, cuando las opciones lógicas para el cambio de gobierno eran el PAN o el PRD.

El carácter predominante de Morena contrasta con el periodo que va de 1997 hasta 2015, clasificado por la mayoría de los análisis como pluralismo moderado. Esta realidad en sí misma no representa una amenaza para la democracia ni es indicador de un retorno al centralismo de la vieja hegemonía priista. Es cierto que el mapa político del país se transformó de manera importante a partir de 2018, pero éste no fue un suceso espontáneo ni se puede esperar que conduzca, en automático, a la construcción de nuevas identificaciones políticas sólidas. El predominio electoral del partido en el gobierno de la República cobra sentido en un contexto con indicadores de fragmentación partidista más elevados que en periodos anteriores de la historia de la democracia mexicana: si entre 1997 y el 2012 el promedio del Número Efectivo de Partidos (NEP)1 en la Cámara de Diputados fue de tres, hoy la cifra es de cuatro.2
Algo similar sucede con la distribución territorial del poder político, pues el número de gubernaturas en manos de Morena debe ser analizado de acuerdo con los patrones históricos de la competencia política local. No se necesita hilar demasiado fino para descubrir que la realidad puede ser leída de manera distinta, configurando un escenario más cercano a la formación de una mayoría frágil que la de una consolidación hegemónica.
Expongo este argumento como resultado de un estudio sobre una de las cuatro alternancias que ocurrieron entre 2021 y 2023, publicado en el libro Donde comen dos, comen cuatro: el cambio en el sistema de partidos en Colima (1997-2021). En este pequeño estado del pacífico mexicano, la alianza Morena-Panal protagonizó el primer cambio de partido en el gobierno como resultado de las elecciones del 2021, lo que tuvo como condición de posibilidad un sistema de partidos que se fragmentó de manera notable en los últimos seis años. Más que el partido en el poder, lo que cambió fue la estructura de la competencia.
Aunque en Colima el sentido del voto en las elecciones federales y locales nunca se había alineado, en 2018 su población se sumó al voto masivo por el partido impulsado por López Obrador. No obstante, de acuerdo con las mediciones de opinión mensuales de la empresa Mitofsky, actualmente esta entidad pertenece al grupo en las que el presidente de la República tiene menor aprobación, mientras la gobernadora Indira Vizcaíno Silva, electa por Morena (antes alcaldesa por el PRD, secretaria de estado en el gobierno estatal y diputada federal electa por el PES) es evaluada con cifras similares a las de su antecesor en el final de su mandato.

De forma simplista, se podría decir que la población colimense está prácticamente igual de satisfecha con el gobierno castigado que con aquel al que le dio su confianza en las urnas, pero esto es poco preciso si se considera que Vizcaíno Silva se convirtió en gobernadora con un 33 % de los votos, una cifra suficiente para ganar en un escenario de competencia de tercios, pero que no pareciera expresar una gran confianza para encabezar un cambio político, lo que sí podría pensarse del 48 % de sufragios que recibió Andrés Manuel López Obrador tres años antes en esta entidad.
En el país de los ciegos…
Los bajos índices de aprobación del presidente y la gobernadora tienen que ver con las evaluaciones sobre su gestión, lo que da cuenta de disposiciones ciudadanas críticas. Pero este tipo de evaluaciones también dependen de identificaciones, de lazos afectivos, de la adhesión a proyectos e ideas. Son fundamentos de confianza que no se construyen ni se derrumban de la noche a la mañana.
Desde esta perspectiva, habría que considerar que en Colima nunca hubo una base gruesa de voto obradorista ni para partidos de izquierda, pues el PRD se desdibujó tempranamente de la competencia local durante la segunda mitad del sexenio de Vicente Fox Quesada. En la elección presidencial de 2012 López Obrador recibió 23 % de los sufragios en esta entidad federativa, en 2015 Morena perdió su registro como partido local al no conseguir el 3 % de votos requeridos por la ley, pero en el 2018 fue el partido más votado en 15 de los 16 distritos electorales locales.
Las elecciones de 2018 fueron una excepción pero también un punto de inflexión. En términos de la historia, fue una coyuntura crítica en la que se condensaron procesos de largo y corto aliento, resultando en un cambio que puede considerarse de mayor calado que cuando el PRI salió de Los Pinos en el año 2000, pues si entonces ya se avanzaba en la estructuración de un sistema de competencia con tres claros referentes del voto (PRI, PAN y PRD), dieciocho años después esto quedó disuelto, aparentemente como resultado de una elección.
Pero desde 2015 había señales, pues los índices de fragmentación partidista en las elecciones legislativas mostraron un aumento frente a la tendencia histórica, registrando un cambio que ya se había puesto en marcha: a nivel nacional, el PRI, el PAN y el PRD sufrieron una reducción en su captación de votos, Movimiento Ciudadano y el Verde Ecologista experimentaron un incremento, mientras Morena debutó con el 8.4 % de los sufragios. El castigo fue para los partidos agrupados en el Pacto por México, que continuaron su agenda de reformas mientras los descontentos comenzaron a acumularse en el espacio público, de forma intensa y expandida en los primeros días del 2017, con protestas por el alza del precio en los combustibles. Un año después, llegó el voto masivo por Morena.
La elección de 2018 como ola
Las viejas huestes de partidos como el PRI, el PAN, el PT o el PVEM podrían entonar un coro de Charly García que versa: mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar. Y es que la metáfora del voto por Morena como una ola en el 2018 calza muy bien con la visión de los tiempos largos de la historia y el acontecimiento como un suceso explosivo que “echa tanto humo que llena la conciencia de los contemporáneos”.3 El desalineamiento electoral fue sorpresivo, pero no espontáneo, y aunque para algunas personas esa elección mostró el fin de las maquinarias partidistas, la cantidad de votos recibida por Morena ese año es difícil de concebir sin la movilización de estructuras preexistentes.
En Colima, el partido que hoy es gobierno no logró el 3 % de los votos en 2015, pero tres años después ganó 15 de 16 distritos electorales. Este giro atípico del electorado sólo puede ser entendido en perspectiva histórica, en la que se observan procesos de erosión de un sistema de competencia en el que el PRI y el PAN captaban hasta el 80 % de los sufragios, en el que la alternancia pudo suceder en el 2015, cuando Acción Nacional tuvo un desempeño histórico que lo dejó a .2 % de los sufragios por la gubernatura, una cifra que probablemente hubiera rebasado sin una importante migración de cuadros que se fueron a Movimiento Ciudadano. Meses después, en comicios extraordinarios, la ventaja se amplió para el partido oficial, que extendió su tiempo en el poder como de forma artificial, pues fue gracias a los votos del PVEM, el Panal y el PT: tres partidos que crecieron bajo la sombra del PRI, ganaron independencia, y ahora participan en la coalición encabezada por Morena.
Resulta casi trágico que cuando por fin el PRI perdió el gobierno en Colima, esto ya no era un suceso relevante. La alternancia, más que causa, fue una consecuencia del cambio político. Y si este caso se sumara como una pieza de un rompecabezas nacional, el sentido no parece ser muy distinto: más que la consolidación de un proyecto político cohesionado, el predominio de Morena parece contingente, en un contexto de volatilidad electoral, de lealtades frágiles y de alianzas que pueden terminar en resultados muy distintos a los esperados ¿Cambiará esto con una nueva elección presidencial en 2024?
Héctor Manuel Gutiérrez Magaña
Doctor en Investigación en Ciencias Sociales con orientación en Ciencia Política, por la Flacso México. Autor del libro Donde comen dos, comen cuatro: el cambio del sistema de partidos en Colima (1997-2021)
1 El NEP es un índice de fragmentación partidista, que considera el peso relativo de las distintas fuerzas políticas que compiten en una elección. Se calcula de acuerdo con la fórmula de Laakso y Taagepera.
2 Uribe Mendoza, Cristhian José. “México Elecciones 2021 (Diputaciones Federales y Estatales, Gubernaturas, Presidencias Municipales, Sindicaturas, Regidurías y Concejalías)”, Análisis de Elecciones 2021. Observatorio de Reformas Políticas en América Latina, IIJ-UNAM y Organización de los Estados Americanos (OEA), 2021.
3 Braudel, Fernand. “La Larga Duración.” Revista Académica de Relaciones Internacionales, no. 5, 2006