El impulso federalista de Alfaro frente al cálculo de Dante

Movimiento Ciudadano atraviesa la crisis más severa desde su fundación. Los dos partidos —el de la Ciudad de México y el de Jalisco—, que convivían tensamente bajo la misma marca electoral, han aireado públicamente sus diferencias (al parecer irremediables) contra la asentada costumbre de las dirigencias de lavar los trapos sucios en casa. La implosión ha desconcertado a la opinión pública, aunque lo realmente sorprendente es que no haya sucedido antes.

Es preciso recordar los orígenes de Movimiento Ciudadano para entender su presente. El partido surge de los escombros de la vieja Convergencia —antes, Convergencia por la Democracia, comandada férreamente desde sus inicios por Dante Delgado Rannauro, en compañía de personas que hasta el día de hoy siguen siendo de su máxima confianza, como el académico Alejandro Chanona, que llegó a desempeñarse como secretario general—.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

La vieja Convergencia de Dante Delgado

Convergencia surgió como un intento por aglutinar a grupos altamente politizados que no estaban incorporados en alguna otra forma de participación electoral. Fue uno de los primeros esfuerzos en México por entender los conceptos emergentes de “sociedad civil” y de “organizaciones no gubernamentales” que hoy nos son tan comunes. El pegamento para este novedoso proyecto (que, por ejemplo, renunciaba a usar la fórmula de “partido” en su nombre) fue la “defensa de la socialdemocracia” (lo que sea que ese abstracto signifique).

Su declaración de principios era encomiable pero el nudo estuvo, como la mayoría de las veces, en la ejecución. La realidad es que Convergencia usualmente necesitó de respiración asistida para continuar con vida. En las elecciones presidenciales del 2000, se sumó a la coalición liderada por el perredista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, en donde fue un socio minoritario, al igual que fuerzas marginales como el sinarquista Partido Alianza Social y el también ya desaparecido Partido de la Sociedad Nacionalista.

En los comicios federales de 2006 volvió a concurrir —con buenos resultados— dentro de una coalición, ahora con Andrés Manuel López Obrador al frente. Esta vez, Convergencia sólo compartió espacio con el Partido de la Revolución Democrática y el Partido del Trabajo en la Coalición por el Bien de Todos.

En las únicas elecciones federales (2003) en las que Convergencia se presentó en solitario, obtuvo apenas 2.26 % de los votos, que se tradujeron en cinco curules. En 2009 concurrió de la mano del PT en la coalición Salvemos a México, que le otorgó seis diputados en la que sería la última competición federal de Convergencia bajo ese nombre.

En elecciones estatales, Convergencia empleó regularmente la misma estrategia de asociación por supervivencia. Se sumó, por ejemplo, a candidaturas como las de Zeferino Torreblanca (Guerrero, 2005), Juan Sabines (Chiapas, 2006) y Leonel Godoy (Michoacán, 2007). Ya en sus estertores, Convergencia apoyó a liderazgos que difícilmente podrían estimarse “socialdemócratas”: Rafael Moreno Valle (Puebla, 2010), Malova (Sinaloa, 2010) y Ángel Aguirre (Guerrero, 2011).

Alfaro entra en escena

Es aquí cuando Enrique Alfaro Ramírez aparece en la ecuación. Para finales de la primera década del siglo, Alfaro había logrado posicionarse como un político emergente con buena proyección en Jalisco, debido a que retó al bipartidismo PRI-PAN que monopolizaba la política de la entidad, gracias a su triunfo por el PRD como alcalde de Tlajomulco de Zúñiga, uno de los municipios que integran el Área Metropolitana de Guadalajara.

Alfaro logró esta hazaña con el apoyo de Raúl Padilla López, con quien terminaría rompiendo durante su mandato como alcalde debido a que no quería existir bajo su sombra política. El alcalde llegó a nombrar a Tlajomulco de Zúñiga como “territorio libre de Padilla”.

La gestión de Alfaro en el municipio conurbado recibió buena aprobación de parte de la ciudadanía gracias a iniciativas nunca antes aplicadas en el estado, como el presupuesto participativo o la revocación de mandato. Alfaro se colocó como un candidato natural para la gubernatura de Jalisco en 2012, pero necesitaba una plataforma para su iniciativa. Eligió al incipiente Movimiento Ciudadano, la nueva versión de la vieja Convergencia de Dante Delgado. Es relativamente sencillo explicar la decisión de Alfaro: en un contexto de desgaste de los partidos tradicionales (PRI y PAN) que habían gobernado Jalisco desde 1947, usar una marca electoral desconocida le permitiría a Alfaro llenarla de su personalidad. Movimiento Ciudadano no significaba nada, por lo que podía significar lo que Alfaro quisiera.

Si bien en un inicio Movimiento Ciudadano en Jalisco fue una alternativa de centroizquierda, edificada por experimentados políticos de solvente bagaje intelectual como Enrique Ibarra Pedroza y Esteban Garaiz Izarra, Alfaro pronto notó las limitaciones que tendría un partido que emitiera aroma a izquierda en el estado. En Jalisco —y esta es una hipótesis de quien escribe— existe un fenómeno que bien podría denominarse “panismo sociológico”: aunque el PAN ya no esté al frente del Ejecutivo estatal, no ha sido expulsado de la cultura política de la mayoría de la sociedad jalisciense. Conceptos como “socialismo” siguen provocando alarma en esta entidad. Es difícil que algún político se autodefina plenamente de izquierdas en Jalisco, incluso Alfaro dejó de hacerlo. Recordemos que Acción Nacional gobernó el estado por casi dos décadas (tres sexenios) y que Jalisco fue uno de los primeros bastiones opositores al PRI en la etapa no democrática del país.

Alfaro es un político que ha construido su personalidad con base en el antagonismo. Su primer enemigo, como alcalde de Tlajomulco, fue Raúl Padilla López, a quien acusó de buscar colonizar las instituciones públicas de Jalisco desde la Universidad de Guadalajara. Ya en Movimiento Ciudadano, Alfaro renovó su discurso, eligiendo ahora como blanco de sus críticas a la “partidocracia” que gobernaba a la entidad con “ineptitud y corrupción”. MC era, pues, la alternativa de los “ciudadanos libres” frente a los “partidos tradicionales” que se habían turnado el poder sin transformar la realidad.

El discurso de ruptura con el bipartidismo prendió con éxito entre académicos, universitarios, activistas, la comunidad artística y ciudadanos desencantados y huérfanos de identidad política, que se sumaron con emoción al proyecto de Alfaro. Mucho ayudó que el partido no se definiera como tal, sino como un “movimiento” y que sus militantes se dijeran “ciudadanos apartidistas” (incluso Alfaro nunca se afilió): eso hizo más potable al nuevo partido naranja en tiempos de desencanto con la política.

En 2012, Alfaro Ramírez perdió por 150 000 votos la elección a la gubernatura frente al priista Aristóteles Sandoval. El emecista tuvo éxito en las zonas urbanas, pero la inexistente estructura de Movimiento Ciudadano en el interior de Jalisco no pudo con un partido que sí contaba con liderazgos y operadores en todos los municipios. Esta lección marcaría a Alfaro: no podía construir un partido fuerte exclusivamente con la sociedad civil “apartidista” de la capital del estado, sino que requería incorporar a figuras con arraigo territorial del PAN y del PRI desahuciados por sus partidos.

En 2015, Alfaro llegó sin muchas dificultades a la alcaldía de Guadalajara para catapultarse a la gubernatura de Jalisco, una aduana que ya había sido utilizada antes con éxito por Aristóteles Sandoval, Emilio González Márquez y Francisco Ramírez Acuña. Su mandato como alcalde fue pragmático, por no decir deslucido; emprendió iniciativas que pueden considerarse de “sentido común” como arreglar las finanzas públicas, combatir a la corrupción, mejorar la gestión de la ciudad e incluir más a la ciudadanía en la toma de decisiones. A pesar de que su paso por Guadalajara se entendió más como un escalón necesario para alcanzar la gubernatura, Alfaro tuvo gestos innovadores, como incorporar a activistas al gobierno y colocarse siempre del lado de la movilidad no motorizada.

Una década de Movimiento Ciudadano (¿o de alfarismo?) en Jalisco

Gracias a la popularidad de Alfaro, Movimiento Ciudadano se erigió pronto como el partido más rentable en Jalisco, lo que motivó a antiguos liderazgos locales del PRI y del PAN a convertirse en desbandada en naranjas: un efecto “bola de nieve”. MC Jalisco se consolidó como una fuerza transversal, que conservaba a los centroizquierdistas que fundaron el partido en la entidad, pero también a expanistas reticentes a avances sociales como el matrimonio igualitario y el derecho al aborto. Un partido lo mismo integrado por empresarios conservadores que por activistas medioambientales.

Esta transversalidad le permitió a Enrique Alfaro convertirse en el gobernador más votado en la historia de Jalisco. Lo hizo, además, en una elección en donde el tsunami de López Obrador provocó un voto en cascada en todo el país. En Jalisco, por ejemplo, una desconocida Antonia Cárdenas dejó sin escaño en el Senado al independiente Kumamoto como efecto colateral del voto masivo por Morena.

Aunque lo usual es que en las elecciones intermedias el electorado castigue al gobernante en turno arrebatándole la mayoría legislativa, en 2021 Alfaro logró mantener una mayoría relativa —aunque no absoluta— en el Congreso de Jalisco (dieciséis de los 38 escaños), lo que le ha permitido transitar la última etapa su mandato con gobernabilidad. No sólo eso, sino que en dichos comicios los naranjas aventajaron al partido del presidente López Obrador por doce puntos en la elección a diputaciones locales y por dieciséis en la elección de ayuntamientos. En otras palabras: Alfaro logró que el electorado jalisciense identificara a MC como la mejor alternativa para contener a Morena, por encima de la alianza conformada por PAN-PRI-PRD.

Sin embargo, probablemente el dato más sorprendente de la consolidación de Movimiento Ciudadano en el estado sean los resultados que el partido obtuvo en la elección federal de ese mismo año. De los veinte asientos a la Cámara de Diputados federal que se disputan en Jalisco por mayoría relativa, Movimiento Ciudadano obtuvo siete (los únicos distritos ganados por MC a nivel federal en dicha elección), logrando casi un millón de votos (950 000) en la entidad. Este dato es de especial relevancia porque en una elección muy crispada y protagonizada a nivel nacional entre el bloque oficialista y el bloque opositor, Movimiento Ciudadano logró hacerse un espacio propio y ser competitivo, al menos en Jalisco.

La asociación de Dante Delgado con Enrique Alfaro que había comenzado una década antes fue un éxito. De los 3 550 000 votos obtenidos por Movimiento Ciudadano en todo el país en 2021, más del 25 % provenían de Jalisco. De nuevo: el partido no ganó ninguna diputación de mayoría relativa fuera de esta entidad. Es incuestionable que el rumbo de MC hubiera sido muy distinto si Dante Delgado no le hubiera cedido la marca política a Enrique Alfaro y éste no la hubiera rentabilizado como lo hizo.

Dos partidos, una marca

Aunque el préstamo de la marca creada por Delgado a Alfaro fue un éxito electoral, las diferencias en la estrategia que el partido debe seguir a nivel nacional han hecho brotar chispas entre dos políticos que no son conocidos precisamente por tener personalidades débiles. Si bien es cierto que fue una genialidad de Delgado reconvertir un partido caduco como Convergencia en una marca atractiva, buena parte de ese logro tiene que ver con el empuje electoral de Alfaro, quien logró que Movimiento Ciudadano no dependiera de nadie para ser la primera fuerza en Jalisco.

La última gran diferencia que amenaza con desmoronar al partido es la disyuntiva entre postular a un candidato en solitario a la elección presidencial de 2024 o sumarse a la alianza opositora para aumentar las posibilidades de derrotar a Morena. Alfaro argumenta que es momento de altura de miras y poner a un lado las diferencias que MC tuvo en el pasado con el PRI y el PAN, pues preservar la democracia liberal frente a la amenaza populista de Morena es un bien mayor. Dante responde que es inadmisible coaligarse con los viejos partidos que traicionaron a la ciudadanía con gobiernos incapaces, corruptos y alejados de la realidad.

Es posible que la jugada de Alfaro busque que, a cambio de ceder en la selección de la candidatura presidencial, la sucesión en Jalisco quede exclusivamente bajo su determinación, sin intromisiones de Delgado. También es probable que Alfaro esté, nuevamente, construyendo un adversario para crecer su popularidad. Antes lo hizo con Padilla, luego con la “partidocracia” y ahora contra la imposición centralista “de una oficina de la Ciudad de México”.

La realidad es que Movimiento Ciudadano tiene identidades completamente distintas en Jalisco y en la Ciudad de México. Mientras que el MC capitalino es un partido de nicho (en 2021 obtuvo apenas 3.61 % de la votación en la capital) que busca encabezar iniciativas progresistas de vanguardia, en Jalisco es un partido atrapatodo y pragmático que quiere seguir siendo una aplanadora electoral.

Aunque no ha sido una apuesta del todo exitosa, en Jalisco MC defiende que se discuta nuevamente el federalismo en un país adormecido por la lógica centralista. Por ello, Alfaro ha impulsado iniciativas simbólicas, como el izamiento de la bandera de Jalisco en plazas y edificios públicos o la celebración del bicentenario de la entidad, aunque también la realización de un referéndum para definir la relación fiscal que Jalisco debería mantener con la Federación y la creación de un sistema de recaudación estatal. Sin olvidarnos que recién iniciado su mandato buscó dotar de una nueva constitución a la entidad. Pareciera que el reclamo de Alfaro en contra de que la dirigencia nacional de Movimiento Ciudadano decida el rumbo del partido sin contemplar a Jalisco está en la misma línea que su decidido impulso federalista.

El escenario está abierto. No hay certeza de que Alfaro vaya a reconciliarse con Delgado después de anunciar el rompimiento con el partido y su salida del mismo. Aunque parecía un amague para aumentar su fuerza de negociación, las decisiones políticas de Alfaro suelen ser tan impredecibles como originales. No se sabe si el gobernador de Jalisco va a fundar una iniciativa propia, a sumarse a otra ya existente o a retirarse de la política. La realidad es que Movimiento Ciudadano requiere de los votos de Jalisco si no quiere volver a la marginalidad de la vieja Convergencia. Veremos si Delgado, hábil político de mil batallas, entiende el peso electoral de la entidad, o si está dispuesto a dejar en el camino a su otrora aliado Alfaro, a pesar del desastre en votos que eso pueda suponer. Las urnas sentenciarán tanto el éxito como el fracaso de uno y otro.

 

David Ricardo F. González Ruiz
Analista político

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Publicado en: Perspectivas locales