El primero de enero The New York Times publicó un reportaje titulado “De China a México: este podría ser el rumbo de la globalización”. El reportaje explica cómo un considerable número de empresas estadunidenses están minimizando los riesgos de contratar su manufactura en China a través de relocalizar su producción en México. Esta tendencia tiene importantes implicaciones para la política de desarrollo económico en México, específicamente para la política industrial. La coyuntura puede ser aprovechada para expandir la capacidad productiva del país y mejorar la posición de México en las cadenas de producción globales.

Hasta antes de la pandemia, contratar la producción manufacturera en China era la estrategia más rentable para las empresas de este lado del Pacífico. El precio de los insumos y la mano de obra en China han sido tan baratos que, aun después de pagar el transporte y los impuestos de importación, el costo total de las manufacturas resultaba más barato que producirlas en Estados Unidos o en algún otro país más cercano. Las empresas estadunidenses, e incluso las mexicanas, enviaban a sus ejecutivos a China con regularidad para buscar proveedores que les permitieran abaratar sus costos de producción. Durante muchos años, producir en China ha sido sinónimo de eficiencia y rentabilidad.
Esto está cambiando. La política de cero tolerancia al covid-19 cerró secciones enteras de las ciudades chinas, incluidas sus fábricas, lo que interrumpió la producción. Ahora que el gobierno chino ha relajado su política de cero tolerancia, la rápida propagación del virus está incapacitando a la fuerza de trabajo. El precio del transporte desde China hasta Estados Unidos se ha incrementado dramáticamente. Debido a la escasez de transporte, los pedidos pueden tardar hasta dos o tres meses en llegar. Aunado a ello, las tensiones políticas entre Washington y Beijing son una amenaza constante para la estabilidad de las relaciones comerciales entre las empresas de los dos países. Por ello, y de acuerdo con el reportaje del Times, contratar manufacturas en China es cada vez más caro y riesgoso para las empresas estadunidenses.
Ante este panorama, un importante número de compañías en Estados Unidos está recurriendo a una estrategia llamada nearshoring, que consiste en contratar la manufactura en países cercanos al país contratante para minimizar los costos de producción. Muchas compañías estadunidenses están volteando hacia México para mover su producción de este lado del Pacífico. Las razones son evidentes. Compartir más de 3000 kilómetros de frontera representa una ventaja geográfica en términos de costos de transporte. México tiene zonas urbanas altamente industrializadas con proveedores muy confiables en la producción tanto de bienes de consumo como en insumos para la producción. Además, el tratado de libre comercio de Norteamérica garantiza una alta estabilidad de las relaciones comerciales.
La tendencia identificada por el Times tiene implicaciones importantes para la política de desarrollo industrial en México. El gobierno federal y los gobiernos estatales pueden hacer mucho para incrementar la capacidad productiva del país y posicionar a México en lugares más importantes en las cadenas de producción globales. Por supuesto que habrá que discutir con detenimiento el tipo de políticas que se deberían implementar. De hecho, ese es el objetivo de este texto, proponer un debate sobre la forma en que el gobierno federal y los gobiernos estatales deberían aprovechar la coyuntura generada por el nearshoring de las empresas estadunidenses en México. Con el ánimo de propiciar tal debate, a continuación propongo una estrategia de tres pasos que se podrían seguir para desarrollar la industria manufacturera.
En primer lugar, es necesario identificar aquellos bienes de consumo e insumos para la producción que se podrían comenzar a manufacturar en México a menores costos que en China. Esto no es una tarea fácil. Se debe realizar un análisis muy detallado de las necesidades en las cadenas de producción en Estados Unidos y la capacidad de las fuerzas productivas en México para solventar la demanda. También se deben analizar los costos de producción de forma muy detallada para identificar aquellos productos con potencial real de producirse y colocarse en Estados Unidos a precios más bajos que las empresas chinas. El gobierno federal tiene diversas secretarías que podrían dedicar personal a esta tarea, como la Secretaría de Economía, la Secretaría de Hacienda o la Secretaría de Relaciones Exteriores. Los gobiernos estatales también suelen tener secretarías relacionadas con el comercio exterior que podrían contribuir en estos esfuerzos.
En segundo lugar, el gobierno federal y los gobiernos subnacionales deben invertir en la infraestructura pública necesaria para producir los bienes que fueron identificados en el primer paso. La producción manufacturera necesita, ineludiblemente, de inversión pública en infraestructura. Por ejemplo, las empresas requieren infraestructura logística como caminos, puentes, puertos, o aeropuertos, que sólo pueden ser financiadas por el Estado. También se necesitan otras infraestructuras públicas desde agua y electricidad de uso industrial, hasta sistemas para el manejo de desechos industriales o internet de banda ancha para las comunicaciones, más un largo etcétera. Es injusto dejarle la provisión de todas estas infraestructuras a las empresas privadas; estas infraestructuras deben ser proveídas por el Estado para sostener el funcionamiento de las empresas manufactureras mexicanas y abaratar los costos de producción.
En tercer lugar, la política de desarrollo industrial debe incluir instrumentos de política diseñados estratégicamente para apoyar a las empresas manufactureras de los productos e insumos identificados en el primer paso. Aquí puede haber mucho debate sobre cuáles son los instrumentos de política “adecuados” para desarrollar manufacturas específicas. No obstante, y sólo por nombrar algunos ejemplos, el gobierno federal y los gobiernos estatales podrían utilizar instrumentos de política financieros para facilitar el acceso a capital o proporcionar incentivos fiscales. Existen instrumentos de política regulatorios que podrían utilizarse para facilitar la creación de nuevas empresas manufactureras y agilizar su operación. Opciones hay muchas, pero el punto es escoger los sectores manufactureros a desarrollar y los instrumentos de política adecuados de forma muy estratégica e intencionada.
Se debe reconocer que esta estrategia de tres pasos podría considerarse algo reduccionista y determinista. Con el ánimo de matizar el debate, a continuación apunto algunos aspectos que también deben ser considerados con detenimiento al diseñar una política de desarrollo industrial.
Primero, se debe evaluar con detenimiento las implicaciones ambientales de desarrollar el sector manufacturero. Habrá que tener mucho cuidado de no producir injusticias ambientales en detrimento de las poblaciones más vulnerables.
Segundo, hay que considerar las implicaciones urbanas de desarrollar el sector manufacturero. La producción siempre ocurre en algún “lugar” y generalmente ese lugar se encuentra en áreas urbanas. Se debe ser muy cuidadoso en la elección de esos lugares para que la nueva actividad económica no acentúe problemas urbanos como contaminación, congestión, o dispersión urbana.
Tercero, la política de desarrollo industrial debe ser muy cuidadosa de no poner a los trabajadores en una posición vulnerable. No se trata de competir con China a través de pauperizar los salarios. Al contrario, se trata de generar más riqueza en México y distribuirla de forma más equitativa entre todos los sectores que participan en la producción económica. Cualquier política de desarrollo industrial debe fortalecer el poder de negociación de los trabajadores para cuidar sus condiciones de trabajo y beneficiarse proporcionalmente del crecimiento económico.
En resumen, México está ante una oportunidad única para recalibrar su política industrial. No es exagerado decir que la reconfiguración pospandemia apuntada por el Times está generando condiciones favorables para México que no se veían desde el periodo de posguerra y el milagro mexicano de los cuarenta. Los actores políticos, económicos y sociales a nivel nacional y subnacional deben comenzar un debate sobre cómo aprovechar esta coyuntura para mejorar la posición de México en las cadenas de producción globales.
David López-García
Investigador posdoctoral en el Departamento de Planeación y Política Urbana de la Universidad de Illinois Chicago (UIC) donde está adscrito al Centro para el Desarrollo Económico Urbano (CUED).